Recuerdo mi primer mountain bike. No lo podía creer, en el barrio se había corrido la bola y venían todos a felicitarme. Yo me quedaba horas limpiándola, estaba orgulloso. Y pensar que hasta le pasaba con un cepillo de dientes para quitarle el barro.
Y llovía. Odiaba esos días en casa dando vueltas sin saber qué hacer. No había caso, no me quería mojar, no me podía ensuciar y mi vieja no me dejaba salir. Pero salía igual, convencido de que era el momento ideal para probarla.
A los pocos segundos ya estaba todo empapado y cuando empezaba a tener frío, era cuando sentía el barro que golpeaba en mi espalda. Pero no importaba, tenía que cumplir con los desafíos de mis amigos. Y ese charco que esquivaba diariamente, ahora lo quería agarrar a toda velocidad.
Desde el suelo, dolorido y todo embarrado, lo primero que hice fue ver que la bici estuviera bien. Y después riéndo, me fijé si no me había roto nada. Porque es así. Primero está la bici, total yo tengo obra social.
No va a ser un viaje largo, dije. A lo sumo tres días y lo liquidamos. Teníamos las alforjas en las bicicletas cargadas y a las seis de la mañana salimos. Mi hermano y yo a los siete lagos.
Estaba todo calculado. A las once debíamos estar en Lago Espejo, a las dos en el Pichi-Traful y así pasar la noche en el Escondido. Cruzamos arroyos, montañas y gente. Y cada vez que dábamos vuelta una curva el clima cambiaba. Sol de frente, lluvia de costado, viento en contra y casi sin darnos cuenta estábamos por la mitad del viaje. También, si cada vez que llegábamos a un lago queríamos seguir un poquito más. Y llegábamos a otro y nos enganchábamos con algún grupo que se iba. Y entonces cuando no dimos cuenta, sólo nos faltaban 14 kilómetros para llegar a San Martín. Como era en bajada decidimos meterle pata, a ver si en una de esas marcábamos algún extraño récord mundial.
Esa noche cuando llegamos no lo podíamos creer, y antes de que alguno pudiera decir una palabra estábamos dormidos. Me desperté sobresaltado, todavía nos quedaban dos días para aprovechar. ¿Y si lo hacemos de vuelta?, pensé.
Aun con bajísimas temperaturas, cuando la nieve se mezcla con barro y piedra, el calor se siente. Llegás a esa curva en la que no hay vuelta atrás, a esa cuesta que hay que trepar como si fuera la última y el descenso que decide la carrera. Es entonces cuando los pulmones duelen. La boca quiere tomar el aire que no existe, busca más allá de lo visible algo de energía para cada músculo que lanza un alarido. Este es el momento en el que la mayoría de los competidores deja y unos pocos aceleran. Este grupo que se aleja se entera qué tanto pueden quemar las piernas. Las fosas nasales se dilatan, los ojos se cierran y descubren que 217 pulsaciones no los mata. Saben que el que soporta más el dolor gana. Es el preciso instante en el que la mente se libera y no pensás. Ganar o perder pasa a ser una anécdota y lo que importa es no traicionarte. El corazó no palpita, se retuerce. Se contrae y expande reclamando una tregua para que todo termine. La sensación es perfecta. Es hacer el último esfuerzo. Es querer estar de vuelta, en el primer segundo de competencia.
Basado en: si leiste “Continuidad de los parques, de Julio Cortázar” te puede resultar más interesante.
A él lo sacaron en camilla, se había ido y no pude hacer nada.
Empezaba a anochecer cuando abrí los ojos. Tuve que hacer un gran esfuerzo para darme cuenta qué había pasado. Me dolía mucho la cabeza, sentía mis patas pesadas y mucha sed. Alcancé a escuchar unos pasos en la casa cuando vi a un hombre parado en la puerta. No era él, pero era el cuerpo de un hombre. Tenía el olor de ella. Intenté ladrar para que supiera que había alguien más, pero no pude. Bajó corriendo los tres peldaños del porche y se alejó de mi vista a toda velocidad, se dirigió hacia el parque de los robles. Me esforcé para seguirlo pero tampoco pude levantarme. Mi cuerpo no reaccionó y volví a caer entre las hojas secas.
Esta mañana ella había estado distinta. No habló con nosotros, no jugó como lo hacía siempre y ni siquiera nos regaló una palmada, sólo nos dejó comida y se fue. Entretanto jugamos con el mayordomo, que había estado discutiendo con su amo. Lo seguimos todo el camino, el nos tiraba una rama y se la traíamos de vuelta, tiraba la rama más lejos y se la volvíamos a traer, así hasta que desapareció en un vagón de tren, que ladramos hasta perderlo de vista.
Luego apareció él, como siempre con el paso tranquilo. Le festejamos encima para demostrarle nuestro afecto pero nos quitó con un brazo -en el otro llevaba un libro-. No se dio cuenta que habíamos tirado el agua que su mujer nos había dejado. Lo seguimos hasta que subió los peldaños del porche y entró en la casa. Vimos cómo se encendía una luz en la habitación de arriba. Lo último que me acuerdo es que por la ventana, se veía todo borroso el sillón de terciopelo verde.
Apróximadamente Julio del 2003.
(Esto es lo que está escrito formando los azulejos)
Prólogo: En casi cualquier obra de arte, poesía o trabajo literario, existe una introducción. También surgen de la nada musas o lugares de inspiración, que fueron excluyentes en la parte creativa. Puedo afirmar sin temor a equivocarme que mirando estos azulejos, la musa apareció de la nada, vino desde lejos como un soplo de ducha y me lo dijo. Estos son los azulejos de mi casa (que dicho como al pasar) son muy feos. Sentado allí en el trono, con movimientos lentos y la cabeza gacha, dónde el tiempo conspira en un momento sublime, uno piensa, determina, crea. El tiempo se detiene y todo pasa lentamente. Por favor te pido, no te apures. Ese placer puede convertirse en una tortura. “Maldito trámite administrativo”. Aunque no lo crean he pasado años de mi vida en esa posición antiestética pero divina, y fue en ese estado total de concentración donde se me ocurrió una idea. Este objeto inconcreto surgió antaño. Un día en el que me replanteé la idea de poner un revistero al lado del videt, compartiendo mi vida cuasi un amigo en los momentos más difíciles. Por regla general o convención, no se puede ir al baño de mi casa sin un paquete bajo el brazo. Tuve la suerte de haber leído la colección completa de Mafalda. Han pasado miles de diarios, en donde no importa la fecha de publicación sino que sirva para concentración. Tuve épocas de autodefinidos y revistas porno. Decadente es la situación cuando no hay más remedio que una guía Filcar, ni te cuento el segunda mano. Debo confesar que he leído lo que tiene atrás el desodorante de ambiente. En fin, los invito a que jalen del papel. Encontrarán anécdotas y personajes. Aunque sea van a saber cúantas cosas son las que me gustaría, quiero y me paso lisa y llanamente por el medio mismo del orto.




















