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Recuerdo mi primer mountain bike. No lo podía creer, en el barrio se había corrido la bola y venían todos a felicitarme. Yo me quedaba horas limpiándola, estaba orgulloso. Y pensar que hasta le pasaba con un cepillo de dientes para quitarle el barro.
Y llovía. Odiaba esos días en casa dando vueltas sin saber qué hacer. No había caso, no me quería mojar, no me podía ensuciar y mi vieja no me dejaba salir. Pero salía igual, convencido de que era el momento ideal para probarla.
A los pocos segundos ya estaba todo empapado y cuando empezaba a tener frío, era cuando sentía el barro que golpeaba en mi espalda. Pero no importaba, tenía que cumplir con los desafíos de mis amigos. Y ese charco que esquivaba diariamente, ahora lo quería agarrar a toda velocidad.
Desde el suelo, dolorido y todo embarrado, lo primero que hice fue ver que la bici estuviera bien. Y después riéndo, me fijé si no me había roto nada. Porque es así. Primero está la bici, total yo tengo obra social.

No va a ser un viaje largo, dije. A lo sumo tres días y lo liquidamos. Teníamos las alforjas en las bicicletas cargadas y a las seis de la mañana salimos. Mi hermano y yo a los siete lagos.
Estaba todo calculado. A las once debíamos estar en Lago Espejo, a las dos en el Pichi-Traful y así pasar la noche en el Escondido. Cruzamos arroyos, montañas y gente. Y cada vez que dábamos vuelta una curva el clima cambiaba. Sol de frente, lluvia de costado, viento en contra y casi sin darnos cuenta estábamos por la mitad del viaje. También, si cada vez que llegábamos a un lago queríamos seguir un poquito más. Y llegábamos a otro y nos enganchábamos con algún grupo que se iba. Y entonces cuando no dimos cuenta, sólo nos faltaban 14 kilómetros para llegar a San Martín. Como era en bajada decidimos meterle pata, a ver si en una de esas marcábamos algún extraño récord mundial.
Esa noche cuando llegamos no lo podíamos creer, y antes de que alguno pudiera decir una palabra estábamos dormidos. Me desperté sobresaltado, todavía nos quedaban dos días para aprovechar. ¿Y si lo hacemos de vuelta?, pensé.

Aun con bajísimas temperaturas, cuando la nieve se mezcla con barro y piedra, el calor se siente. Llegás a esa curva en la que no hay vuelta atrás, a esa cuesta que hay que trepar como si fuera la última y el descenso que decide la carrera. Es entonces cuando los pulmones duelen. La boca quiere tomar el aire que no existe, busca más allá de lo visible algo de energía para cada músculo que lanza un alarido. Este es el momento en el que la mayoría de los competidores deja y unos pocos aceleran. Este grupo que se aleja se entera qué tanto pueden quemar las piernas. Las fosas nasales se dilatan, los ojos se cierran y descubren que 217 pulsaciones no los mata. Saben que el que soporta más el dolor gana. Es el preciso instante en el que la mente se libera y no pensás. Ganar o perder pasa a ser una anécdota y lo que importa es no traicionarte. El corazó no palpita, se retuerce. Se contrae y expande reclamando una tregua para que todo termine. La sensación es perfecta. Es hacer el último esfuerzo. Es querer estar de vuelta, en el primer segundo de competencia.

Basado en: si leiste “Continuidad de los parques, de Julio Cortázar” te puede resultar más interesante.

A él lo sacaron en camilla, se había ido y no pude hacer nada.
Empezaba a anochecer cuando abrí los ojos. Tuve que hacer un gran esfuerzo para darme cuenta qué había pasado. Me dolía mucho la cabeza, sentía mis patas pesadas y mucha sed. Alcancé a escuchar unos pasos en la casa cuando vi a un hombre parado en la puerta. No era él, pero era el cuerpo de un hombre. Tenía el olor de ella. Intenté ladrar para que supiera que había alguien más, pero no pude. Bajó corriendo los tres peldaños del porche y se alejó de mi vista a toda velocidad, se dirigió hacia el parque de los robles. Me esforcé para seguirlo pero tampoco pude levantarme. Mi cuerpo no reaccionó y volví a caer entre las hojas secas.
Esta mañana ella había estado distinta. No habló con nosotros, no jugó como lo hacía siempre y ni siquiera nos regaló una palmada, sólo nos dejó comida y se fue. Entretanto jugamos con el mayordomo, que había estado discutiendo con su amo. Lo seguimos todo el camino, el nos tiraba una rama y se la traíamos de vuelta, tiraba la rama más lejos y se la volvíamos a traer, así hasta que desapareció en un vagón de tren, que ladramos hasta perderlo de vista.
Luego apareció él, como siempre con el paso tranquilo. Le festejamos encima para demostrarle nuestro afecto pero nos quitó con un brazo -en el otro llevaba un libro-. No se dio cuenta que habíamos tirado el agua que su mujer nos había dejado. Lo seguimos hasta que subió los peldaños del porche y entró en la casa. Vimos cómo se encendía una luz en la habitación de arriba. Lo último que me acuerdo es que por la ventana, se veía todo borroso el sillón de terciopelo verde.

I

Encontré un paquete de galletitas algo rancias en mi mochila y fue justo lo que necesitaba para almorzar, luego de varias horas que llevaba repasando para el final de mañana.
Desde que había empezado la carrera de Agronomía, mi lugar preferido para el estudio había sido la Biblioteca del Maestro, la que está en la calle Rodríguez Peña al lado del Ministerio de Educación y sin lugar a dudas se había convertido en mi segunda casa.
Lamentablemente, ésta sería la cuarta vez que rendiría el examen de Economía y a ésta altura del día ya no quería saber nada con Keynes, Malthus, ni siquiera con la dieta que venía practicando religiosamente desde el lunes.
Decididamente, cerré todos los libros que se amontonaban bajo mis narices y me recline en la silla para tomar un descanso. Alcancé a ver, en el reloj de la pared de mi derecha, que las agujas marcaban las 12; así, me di cuenta de que aún me quedaban unas 19 horas con 15 minutos hasta estar de luto.

II

Desde el primer momento, me impacto el silencio de la sala principal de la biblioteca. Era como estar en una burbuja, en donde lo único que importaba era estudiar.
Había un par de compañeros míos que frecuentaban la esquina a la  que le llegaba luz del día por un ventanal; otros preferían estar de espaldas a la puerta principal, para no desviar la mirada con la entrada de alguna persona. Tenía una compañera, de nombre Cecilia, que rendía conmigo al día siguiente; se sentaba con su novio varios metros adelante, pero para ellos el estudio quedaba en un segundo plano, por razones obvias que no hace falta contar. Personalmente me ubicaba al lado de un chico que me encantaba. Lástima que rara vez se percataba de que yo, era la misma que lo acompañaba frente a sus ejercicios de álgebra día tras día.
Mientras tanto, ingenua, le prestaba resaltadores, la calculadora y cultivaba la esperanza de que alguna vez me llamara por mi nombre, Magdalena. Para alimentar de alguna manera la esperanza escribía Maggie por todas partes, pero no había forma. Tendría que estar blanca, a punto de fallecer para que él notara mi esqueleto.
Además, estaba el encargado de acomodar los libros. Su tarea  principalmente consistía, en ordenar los ejemplares que quedaban en algún lugar que no correspondía. De entrada tuvimos varias discusiones, porque siempre se resistía a decirme donde estaban los libros que necesitaba y desde entonces, su rostro me trae a la memoria al profesor de Economía. Recuerdo la vez que levanté la mano para preguntarle una duda que tenía, él inescrupulosamente sonrió, me mostró los dientes putrefactos y me dijo: “¿Si yo estuviera muerto, como haría usted señorita, para sacarse las dudas?”, si usted estaría muerto seria la mujer más feliz de la tierra, grite para mis adentros.

III

Mientras el tiempo volaba, yo me entretenía leyendo a innumerables autores. El libro de Samuelson se llevo la mayor dedicación, pero por más que leía, las hojas seguían en el mismo lugar.
Muchos indicios me reflejaron las horas que habían transcurrido. Los músculos de mis piernas se empezaron a adormecer. Inevitablemente mis ojos, no sólo no leían algunas palabras, sino que además agregaban letras de la nada y esto comenzó a preocuparme. Entretanto, tenía que levantarme y estirar las piernas, en la espalda notaba el agotamiento y de repente sentí un calor que me agobiaba, que no me dejaba respirar. Indudablemente, era el síndrome pre-parcial.
La tarde había caído y la gente comenzó a retirarse del lugar. Cuando alguien empezaba con los preparativos para despedirse del recinto, no sólo molestaba a los que estaban alrededor, sino que muchas veces se escuchaba que alguien estrepitosamente pedía silencio.
Como si todos se hubieran puesto de acuerdo, el constante movimiento cesó. Afortunadamente me decidí a aprovechar la poca concentración que me quedaba para leer y lo último que recuerdo antes de cerrar los ojos, fue el factor costo-beneficio.

IV

Me tocaron el hombro y tarde un instante en reaccionar. Milagrosamente el chico que me gustaba me despertó, me preguntó si me sentía bien y alego que me había visto algo pálida.
Él era más alto de lo que pensaba y mientras me ayudaba a recuperarme en la silla, me dijo que se llamaba Juan Ignacio pero le decían Juani. Tímidamente entablamos conversación y como no quería dejar pasar la oportunidad, pero sin saber que decir, le pregunte cuanto había dormido.
_  Y desde las siete de la tarde, casi cuatro horas -me contestó-.
_ No lo puedo creer, mañana a la mañana tengo el final de economía, no llego. Todavía me falta un montón, voy por…
_ Eyy, espera -me interrumpió-, primero tenés que comer algo si no mañana vas a estar muerta.
Él tenía razón, estaba mareada. No había comido nada desde las galletitas y encima me habían caido pésimo.
_  Mira, yo ya termine de estudiar, ¿si queres voy al kiosco de acá la vuelta y te traigo algo?.
_ ¿Me harías el favor?
_ Sí Maggie, quedate tranquila que enseguida vuelvo.
Mientras apartaba la silla para ponerse de pie, sonrió y me pidió que le cuidara sus cosas. Lo acompañe con la mirada hasta que lo vi traspasar la puerta de entrada, y estuve unos minutos tratando de entender como sabía mi nombre.
De pronto, un aire frío recorrió todo mi cuerpo y comencé a recordar todo lo que había soñado.

V

Como por arte de magia, me encontré frente al edificio donde vivía mi profesor. No me pregunten cómo, pero instintivamente sabía que su departamento era el 2 “C”. Recuerdo vagamente algunas escenas, creí ver una persona limpiando el piso con aerosol; también me acuerdo que todos me miraban asustados, como si hubieran visto un fantasma ó hubiera asesinado a alguien. Y lo peor es que era cierto, porque lo último que recuerdo es tener las manos llenas de sangre y a mi lado el cuerpo ensangrentado de un hombre mayor.
Otra vez, Juani fue el que me trajo de vuelta a la realidad. Me ofreció  un sándwich y cuando alargue mi mano derecha para tomarlo, se dio cuenta de que estaba temblando. Asustado, me preguntó que me pasaba y le conté brevemente el sueño que había tenido. Tratando de tranquilizarme se ofreció para acompañarme hasta mi casa. No tuve ninguna objeción al respecto y comenzamos los preparativos para mandarnos a mudar de ese lugar espantoso.
Mientras caminábamos por la avenida Callao, la noche se había tornado muy oscura y un leve viento nos obligo a abrigarnos. Conversamos de cosas triviales como si fuera una charla en un taxi, porque mis pensamientos lamentablemente estaban en otra parte.
Sabía que mañana me volverían a bochar, me faltaba repasar mucho todavía y mis viejos me iban a matar. No podía permitirlo, tendría que hacer algo al respecto, pensé.
Llegamos hasta la puerta de mi casa y casi me desmayo. No se si fue porque me sentía tan mal o porque Juani, irónicamente dijo:
_ Quizás, lo único que puede salvarte es matar a tu profesor.
_ En ese caso, vos serias mi coartada perfecta -le respondí con una sonrisa en los labios.

VI

Al final, con el chico que me encantaba sucedió un milagro. Mientras se despedía, me invitó a tomar un café el día que estuviera libre y yo no tuve ningún inconveniente. Le dije que mañana terminaba con los finales y como si me hubiera leído la mente me pidió el teléfono. Gustosamente se lo escribí en un papel que saque de mi bolsillo y él agregó que un día de estos me llamaría. Mientras se alejaba, entré en el edificio.
Al tomar el ascensor apreté el botón número cinco y apenas estuve en mi cuarto me tire en la cama. Mi cabeza era un remolino. Para no hacerme muchas ilusiones con la invitación que había recibido, comencé a planear en mi mente, el crimen perfecto.
Bien sabía yo, que no se me presentaría otro milagro mañana en el final, así que me puse a pensar como podría asesinar al viejo verde del profesor.
Inconscientemente sabía que no sería capaz de llevar a cabo semejante disparate, pero mientras vestida me acomodaba en la cama, di rienda suelta a mi poca imaginación.

VII

Sabía que Tito, -como le decíamos al profesor-, vivía a tres cuadras de mi casa. Dicho conocimiento, se me había revelado un día, en el que de casualidad fui a visitar a mi abuela; ella estaba algo enferma y fue justo cuando nos despedíamos, que lo ví entrar en el departamento de enfrente. La inscripción decía 2 “C”.
Llegar hasta su casa no me representaría ninguna dificultad, me tomaría apenas unos cinco minutos. Además, mi abuela me facilitaría las cosas, al abrirme personalmente la puerta de abajo.
Tenía noción de que sería muy difícil entrar al 2 “C”, pero podría hacerme la histérica y decirle que tenía una duda para el parcial del día siguiente. Sólo necesitaría un escote algo pronunciado y unas lágrimas que tan fácil me salían.
El porqué ya lo tenía, ahora me faltaba saber el cómo lo mataría. Aunque a él se le veían sus cincuenta años encima, se le notaba que estaba en forma; no tendría posibilidad alguna en usar la poca fuerza que yo tenía, indudablemente había que buscar otras posibilidades.
Pensé en utilizar un cuchillo, esos de cocina que se usan siempre en las películas; luego se me ocurrió intoxicarlo, pero sería muy difícil a la medianoche conseguir algún veneno.
Mis dudas siguieron y pensé de todo, desde una magnum hasta una sopa de cangrejos. Tanto esfuerzo me abrió el apetito y mientras me ponía de pie, llegué a la conclusión de que lo mejor sería confiar en la improvisación, seguramente algo se me ocurriría.
Se abrió de golpe la puerta de mi cuarto y el chirrido que hizo me agarró desprevenida. Era mi mamá, me preguntó como estaba y quiso interrogarme acerca de mis conocimientos adquiridos en el día de hoy.
_ Sí, ma. Ya sé todo para mañana, -mentí de manera envidiable-.
_ ¿Querés que te prepare algo de comer?,-prosiguió ella-.
_ No gracias, -dije-. Ahora bajo un rato a despejarme y a comprar algo para comer,-dando por terminada la conversación-.

VIII

_ Maggie, en un minuto sube el doctor –gritó mi mamá desde la cocina-.
Cuando a las 6:00 de la mañana sonó el despertador, sentí que se me revolvía el estómago y los siguientes 15 minutos los pase en el baño. Todo me daba vueltas y no sabía donde estaba parada. Mi mamá me prohibió levantarme de la cama y en seguida llamó un doctor, yo ni siquiera tenía fuerzas para oponerme.
Un hombre delgado de aproximadamente 30 años, se acercó al borde de mi cama. Parecía que no había dormido bien, ya que las ojeras lo ponían en evidencia; no hacía ningún esfuerzo en ocultar su malhumor, pero afortunadamente su intervención duro unos pocos minutos.
Trate de contarle lo más detalladamente posible lo que había hecho en el día de ayer. Me acordé de las galletitas rancias que había ingerido, y le expliqué égimen alimenticio que venia haciendo. Además, le conté que la última semana había tenido ocho finales en la facultad.
Se interesó en mis estudios y dedujo que bien podían ser los nervios la causa de mi enfermedad, era muy común en chicas de mi edad sufrir ataques nerviosos.
Anotó en un papel los medicamentos que debía tomar, le explicó a mi mamá los procedimientos y le dijo que yo había sufrido un estrés; la tranquilizó al decirle que se solucionaría con los medicamentos, vitaminas y un poco de reposo. Le pedí un justificativo médico y sorpresivamente de buen modo me lo entregó.
Eran las 12 del mediodía cuando sonó el teléfono. Atendí desde mi cama y del otro lado de la línea no se escuchó ninguna respuesta. No quería recibir ninguna noticia e inmediatamente colgué con fuerza el receptor. No me sorprendió que volviera a sonar, pero ésta vez espere que sonara varias veces antes de contestar.
_ Hola!!!, -dije, sabiendo que nadie contestaría-.
_ Si, ¿podría hablar con Maggie por favor?
_ Si soy yo, ¿quién habla?, -contesté, mientras trataba de deducir quien era-.
_ ¿Ya no te acordas de mí?, soy Juani.
_ Ahh, disculpame es que no te reconocí la voz -respondí-.
_ Viste que te dije que te iba a llamar. Quería saber como te fue en el final de ésta mañana.
_ No, no fui, estoy enferma -agregué-. Pero igual, me acaban de avisar que el profesor, nunca se presentó a tomar el final de economía -le expliqué-.
_ Bueno, entonces me hiciste caso.
_ ¿Por qué? -le pregunté-
_ Tuviste que matarlo -inquirió-.
_ Nooo, yo sería incapaz de hacer una cosa así, -contesté sin que me temblara el pulso-.

Me considero un buscador. Todavía no sé muy bien que es lo que estoy buscando, pero hay algo que me mantiene con los ojos abiertos. No creo que tenga relación con las religiones, a lo mejor sí. De lo que sí estoy seguro es que tiene que ver con la psicología, la física, las matemáticas, con la energía, con el arte; tiene que ver con un darnos cuenta, con algo que nos está buscando y nosotros para quitarnos un peso de encima, lo llamamos casualidad.
Cuando era más chico y los datos inútiles eran mi especialidad, tomé conciencia de algo que me abrió caminos y posibilidades: los sueños. Sin tener noción de quienes eran los surrealistas y sin saber nada acerca de Dalí, comencé a interiorizarme acerca de la psiquis. Básicamente me interesaba conocer la mente humana, qué es lo que piensan y qué es lo que tienen adentro las personas. Muchas de mis preguntas quedaron en silencio y sin respuesta durante un tiempo. Hasta que un día supe que una persona cuando duerme, aunque no se acuerde muy bien qué, sueña. También descubrí que existe una fase sol y momentos rem y no-rem, y que siempre se tienen por lo menos cinco sueños, y dependiendo del grado de relajación y estado de inconciencia uno al día siguiente los puede recordar o no.
Cierto día, se me presentó un hecho que no pude dejar pasar. Una persona que a lo largo de su vida duerme en promedio siete horas por día, a los sesenta años esa persona habrá dormido veinte años de su vida. ¿Veinte años! Me produce escalofríos imaginar que nos pasemos toda una vida soñando, viviendo otra realidad.
Como todo aprendizaje tiene diferentes ciclos, hace un tiempo atrás me encontraba en una etapa sin muchos sobresaltos; esperando no se qué. Me llegó por un conocido que Freud, para que sus pacientes pudieran soltar sus ataduras y liberar su mente debían recostarse. Y esto es justamente lo que hacemos todas las personas al irnos a dormir, es casi imposible dormirse estando parado. Necesitamos desconectarnos de éste mundo y liberar nuestra mente de la voz de la conciencia que nos dice cómo debemos percibir el mundo que nos rodea.
Me pregunto que pasará si mediante la práctica y el ejercicio uno pudiera encontrar el punto, el instante exacto en el que una persona deja de estar despierto para pasar a estar dormido. Sería posible darse cuenta que uno está dormido y poder controlar lo que sueña. Sería posible decidir sobre los actos del soñar y si uno quisiera podría decidir verse las manos. Y esto solo sería el principio.
¿Suena tan descabellado como parece?. Puede ser. Pero hace más de un año que vengo practicando religiosamente. Cada vez que me acuesto me concentro en el punto límite y en tratar de verme las manos. Tanta lucha personal me provoca llegar tarde a trabajar por no poder desprenderme del sueño. Y es así, como esta mañana pude verme las manos. Me desperté de un sobresalto.
Y con las manos todas ensangrentadas.

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…”como hacer para sonreir en un momento como este”…

“el tenía problemas pero nunca pensé que fuera para tanto”

¿qué hacés si llegás a un bar y estás solo?


Estabas convencido que llegabas tarde al show. Una amiga tuya y su amiga cantaban por primera vez en un bar y esperabas encontrar el lugar atestado de gente, aunque te costaba admitirlo, tenías la efímera vaga esperanza de pasar desapercibido. Pero claro, al entrar al lugar te diste cuenta inmediatamente que solamente había un grupo de personas en una mesa y que ni siquiera estaban los mozos.

Sabías que tenías dos opciones: la primera y más lógica era irte a hacer tiempo a otro lado y la segunda, pero mucho más estúpida que la primera significaba ponerle mucha, pero mucha garra. Si decididamente sos un estúpido, lo que sigue a continuación te puede llegar a ser de mucha utilidad.

1-Acomodate en una mesa estratégica. A lo mejor ésto no te parezca relevante pero con el correr de los minutos te vas a dar cuenta lo importante que fue tu decisión, básicamente que la mesa esté en un lugar poco iluminado y vos puedas ver el escenario donde van a cantar y los que están en la otra mesa a vos te vean lo menos posible. Me olvidaba decirles que en la otra mesa, la única con gente, está sentado el flaco que creo sale con la amiga de mi amiga. Esto seria un dato irrelevante sino fuera que a ésta amiga de mi amiga hace un tiempo que estoy tratando de partirle la cabeza, y creo, es lo que hace interesante esta historia. Ahora, si les interesa conocer más detalles, por favor no nos distraigamos y pasemos al siguiente punto.

2- Una vez que te acomodes en la silla, vas a empezar a mirar para todos lados buscando algo, cuando no encuentres nada porque en definitiva no sabés qué es lo que estas buscando, te vas a interesar en la peculiar forma del cenicero y en la cantidad de ingredientes que lleva el trago sunshine vanille. Si todo esto no da resultado, para pasar ese momento incómodo de ser el recién llegado, te vas a poner a analizar la ambientación del lugar, eso no suele fallar. Enseguida te vas a dar cuenta que por más que quieras, no vas a poder estar 40 minutos analizando una botella verde colgada en una pared de ladrillos. Recién ahí vas a descubrir lo indispensable que fue haber llevado una mochila, pero más importante que la mochila, es que tengas muchas cosas adentro, no importa no saber para qué, eso lo vas a descubrir en unos minutos.

3- Ahora es cuando deberías preguntarte por qué mierda no fumas. Es que las personas que fuman pueden estar en una mesa sin hacer nada que igual se entretienen con el cigarrillo. Parece como si tuvieran un ritual preparado, juegan con el atado, dan vueltas el encendedor y expulsan el humo haciéndose los interesantes. Por lo menos es mucho más interesante que estar sentado ahí, como vos, sin hacer nada.

Con actitud decidida deberías acercarte a la barra en busca de una cerveza. Sabés que con una cerveza en la mesa te vas a sentir más cómodo, no será un cigarrillo pero por lo menos vas a tener algo con que entretenerte. Ahora, si cuando llegás a la barra todavía no hay nadie que atienda, tenés dos opciones: tomar en serio la idea de irte o pasar al punto cuatro.

4- La situación empieza a ser insostenible, sabés que la botella verde no va a cambiar de color ni se va a caer por mucho que lo pienses, entonces te empezás a hacer la cabeza pensando en lo que estarán diciendo de vos en la otra mesa. Totalmente al pedo, tenés que saber que a ellos vos no les interesas en lo más mínimo. Por qué carajo pensás que van a estar diciendo algo de vos si sos un bicho raro, y claro, cómo no vas a ser un bicho raro si te pasaste como diez minutos mirando una botella verde colgada en una pared de ladrillos. En ese momento deseas con toda tu alma un llamado a tu celular, no te importa que sea número equivocado por lo menos vas a parecer que estás esperando a alguien, pero en el fondo sabés que éste no va a ser el caso. Crees que lo único que te puede salvar es una moza o una cerveza, pero te volvés a equivocar, se te ocurre una idea que te puede servir.

En la mochila tenés un cuaderno con hojas y una birome “me pongo a escribir algo y listo”, te decís como para darte aliento. Después de unos garabatos arrancás con un tibio …”como hacer para sonreir en un momento como este”… y acto seguido lo tachas …”como hacer para sonreir en un momento como este”… anotás un “el tenía problemas pero nunca pensé que fuera para tanto” y aunque no te gusta lo dejás, aunque sea ya empezás a llenar la hoja y no sabés si después te sirve para algo. Dudando de qué tan buena es la idea de seguir escribiendo se te ocurre el título de algo que puede llegar a ser interesante: ¿qué hacés si llegás a un bar y estás solo?, en una de esas le puede llegar a servir a alguien que pase una situación como la mia. Te gusta la idea pero más te motiva el hecho de hacer algo. Estabas convencido que llegabas tarde al show de tu amiga y su amiga que cantaban en un bar. No pará, no puedo repetir amiga queda muy mal ¿y si pongo sus nombres? No, y si después llegan a leer todo ésto de qué me disfrazo. Esperabas encontrar el lugar atestado de gente y tenías la efímera vaga esperanza de pasar desapercibido. En eso se me acercó una moza y sin esperar que pregunte y casi sin levantar la vista le pedí una cerveza, y menos mal que casi ni levanté la vista porque eso me alcanzó para darme cuenta lo fuerte que estaba. ¿qué pensará la moza que estoy haciendo? Un flaco, solo, sentado en el fondo del bar y escribiendo. La verdad que no lo sé pero aunque sea debe parecerle interesante y eso fue motivo suficiente para seguir escribiendo. Pero claro, al entrar te das cuenta inmediatamente que solamente hay un grupo de personas en una mesa y ni siquiera están los mozos. sabés que dos palabras terminadas en mente en una misma oración queda muy mal pero después lo arreglas y bueno, lo que faltaba. Escucho su voz y no puedo dejar de escuchar que saluda gente que presenta unos con otros, amigos y desconocidos y yo acá, a menos de tres metros escribiendo y al mismo tiempo pensando que mierda voy a hacer cuando me vea. Tenés dos opciones: la primera y más lógica… la verdad es que no se si quiero que me vea, a lo mejor mi nuevo corte de pelo la desorienta y no se da cuenta que soy yo, ¿será el o será otro? Me imagino que estará pensando. No importa, mientras siga escribiendo concentrado en llenar la hoja no va a pasar nada. Ni pienso levantar la cabeza para que me salude desde allá y la saque barata, ni en pedo, aunque sea que se moleste y se acerque a saludarme con un beso. es irte a hacer tiempo a otro lado y la segunda… puta madre, mientrás escribía ésto me la vi venir, escuché los pasos hasta tenerlos en el borde de la mesa y me saludó con un hola desabrido y agregó un beso de compromiso. En realidad no sé que es lo que yo pretendía que ella hiciera, estaba acompañada y se la veía extremadamente contenta, casi al borde de la mentira pero bueno, me hubiera conformado con una mirada a los ojos por tres segundos y no creo que esté pidiendo mucho.

A ver como la remamos ahora me dije, mientras me sumergía en la escritura para escaparle de alguna manera a ésta puta realidad. En una de esas escribiendo le demostraba que mucho no me importaba y de paso me hacía el interesante, estaba convencido que se moría de ganas de leer lo que estaba escribiendo. Que se quede con las ganas, pensé, que se de cuenta que todo no se puede, agregé, tratando de mostrar un poco de dignidad ante los hechos…pero mucho más estúpida que la primera significa ponerle mucha, pero mucha garra. Si decididamente sos un estúpido… sí definitivamente soy un estúpido, que querés no lo pude evitar, tuve que mirar, ¿será mazoquismo? ¿O tengo un serio problema mental? Sea lo que sea no es algo que me voy a poner a resolver ahora, lo único que tengo que resolver es cuanto tiempo lo voy a soportar. No creo que mucho más, me está doliendo más de lo que pensaba, pero bueno en definitiva el que persigue estos quilombos soy yo, si le hubiese hecho caso a mis amigos esto no pasaba, se están besando …ahhh bueno… ta-listo, ya fue -no vale la pena-, sayonara, see you tomorrow, -esto no da para más-, no hago más nada -que se lo pierda-, a otra cosa mariposa. lo que sigue a continuación te puede llegar a ser de mucha utilidad. Bueno en realidad no sé cuanto pero mientras terminaba de escribir de mucha utilidad se me ocurrió el final.

Se dice que muchos escritores famosos que desconozco, antes de ponerse a escribir lo que sea necesitan tener le final, saber como va a terminar la historia. No sé cuanto de verdad tenga todo esto, pero con experimentar no va a pasar nada. Pienso terminar la historia poniendo algo más o menos así: si alguna vez hay una mujer sentada en un bar, y le llama la atención un flaco sentado en una mesa del fondo escribiendo sin parar hace como media hora, que casi no tocó su vaso de cerveza, que parece poseído por la mismísima inspiración, deberías saber que éste sería un momento excelente para interrumpirlo y decirle algo, lo que sea. Si no se te ocurre nada podés arrancar con un “disculpame, hace un rato que te estoy mirando y me interesa mucho saber lo que estás escribiendo ¿te molesta si me siento?”, sepan que le harían un favor, él lo estaba esperando.

La primera vez no me dolió y puedo asegurarles que la segunda vez que la visité me pareció un ángel. Te dabas cuenta enseguida que la mina la tenía clara y el trabajo que realizó fue tan profesional que no dude en decirle que volvería. Ahora bien, la tercera vez fue diferente.
Tener que ir al dentista realmente es un dolor de huevos. Y no lo digo sólo por el hecho de tener que ir, sino que todo empieza sacando turno. Abrís la cartilla médica y buscas por impulso natural algo que por lo menos quede cerca de tu casa. No tenés manera de saber si la Dra. Vidal, Celina es nuevita en la profesión, si el Dr. Ambrune, Hugo es un asesino serial entrenado en la utilización del torno o si el Dr. Ferrería (h) es un verdadero hijo de puta. En definitiva, algún especialista tenía que elegir y la llamé. Me atendió con voz de locutora frustrada y convenimos un horario que me quedara cómodo. Cuando colgué tuve la leve sospecha de que era su secretaria, pero de todos modos no se lo pregunté para no pasar por boludo. Igualmente al terminar la conversación tomé conciencia realmente en lo que me había metido y me sentía un boludo.
Ese día me cepillé los dientes como nunca antes lo había hecho. Incluso llegué a hacerlo antes y después del desayuno, creyendo que porque un día me lavara más fuerte, el médico no se daría cuenta de mi displicencia con las cerdas dentales. Me senté en la sala de espera y no importaba que matara el tiempo con un libro, mirando cuadros o prestando atención a lo que decía la secretaria (para saber si era la misma que me había atendido la semana pasada), estaba nervioso. No me acostumbré a la espera, que escuché mi apellido haciendo eco por el pasillo. Sabía que no tenía escapatoria pero inventaría cualquier excusa para salir corriendo. Entré en razón y me di cuenta que nadie me obligaba a ir al dentista, mi cuerpo ya estaba caminando hacia el consultorio sin pedirme permiso. Debo confesar que no era tan siniestro como me acordaba de cuando era chico, pero el olor sí. Me dieron nauseas y pensé en salir corriendo por las escaleras pero por suerte mis pensamientos van mucho más rápido que lo que tardé en reaccionar y la vi.
Era una yegua. Era una de esas mujeres que por suerte no fue mi madre, no por desmerecer a la mía, sino que me hubiera traído demasiadas complicaciones en el secundario. Me preguntaba cómo iba hacer para no tartamudear mientras el escote se me venía encima e intimidaba sobremanera. Cuando ella se presentó evité bajar la mirada. Sabía que era de vida o muerte mantener la vista por lo menos alrededor de su cara, aunque inconscientemente ya podía escribir un ensayo acerca del color de su corpiño. Y lo que es peor, yo sabía que ella sabía lo que yo estaba pensando y sonrió.
Mientras imaginaba un sinfín de posibilidades para acercarme y terminar con ella en la cama, me acordé que yo siempre decía que a las mujeres usar guardapolvo les suma muchos puntos y ésto lo confirmaba. Ahí nomás ella me pidió que me acostara y que me pusiera cómodo. “Todo lo que vos quieras” pensé. Me puso un babero alrededor del cuello como adivinando mis pensamientos y la lámpara que me miraba desde arriba me trajo de vuelta a la realidad. Ella se puso unos guantes lascivos y yo me pregunté por qué carajo había tenido que elegir a una mujer para desnudarle la parte más intima de mi boca.
Tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para abrir grande grande, como me pedía la doctora a cada rato. Pero no sé si por algún extraño mecanismo de autodefensa vos te concentras en cerrarla. Es como cuando el peluquero te pide que bajes la cabeza y vos la levantás enseguida convencido de que mirándote al espejo no te va a pasar nada en la nuca. Ojo, no sería mala dar cursos de “Psicología inversa para el uso del profesional”. Te duele, me preguntó esperando algún tipo de respuesta. Cómo mierda pretendía que le contestara no sé, cómo si pudiera articular palabra con la boca abriendo grande grande, un tubito dándome aire y el torno haciendo su trabajo sucio. Si te duele levanta la mano, dijo como queriendo arreglarla. Ni en pedo levanto la mano a ver si todavía piensa que no me la banco, antes prefiero perder la muel… aahahhgh. Tuve que hacerlo.
Como venía diciendo, al principio todo fue bastante bien con la doctora hasta la tercera y última vez. Ese día recuerdo que hasta me reconoció en la sala de espera cuando iba para su consultorio. Me tome el atrevimiento de saludarla con un beso en la mejilla queriendo lograr una complicidad doctor-paciente que se la quiera voltear. Me felicitó por mi eficiente utilización del cepillo y hasta se me cayó un chiste cuando me mostraba en el dentadura gigante donde estaban las muelas de juicio. Todo era perfecto hasta que dijo la palabra anestesia. Debo admitir que soy muy cagón y me venía bancando dos arreglos de caries sin anestesia y sin chistar. No sabía como iba a reaccionar al ver la aguja y que quieren que les diga, pasó lo peor.
Tuve una erección. Y se que ésto puede derivar en una seguidilla de jodas chabacanas por parte de mis amigos y desconocidos, pero créanme que yo no lo pedí. Es más, no me podía pasar y menos en ese momento cuando estaba acostado con la doctora sentada al lado mío. Pero vos sabés y si sos mujer deberías saberlo también. La mayoría de las veces uno no elige está reacción. Puede agarrante desprevenido en el tren, en el colectivo, el subte y no es que sea miembro vitalicio de los medios de transporte, porque nunca falta en el laburo o en la mismísima iglesia. Me acuerdo de un compañero del secundario que se anotaba con una birome una rayita en la mano por cada erección que tenía, hasta que un día no recuerdo muy bien si se quedo sin birome o sin espacio en la mano. Sí, es así, de repente. Un hilo conductor va pasando de pensamiento en pensamiento hasta que la aguja se convierte en un / bajándome los pantalones / mi nalga / culo / teta / escote / doctora / ¡ahi no!/ fashion TV / no hay vuelta atrás / no me puede pasar / gorda / vieja / fea / caca / caca / la puta madre / ¿se dio cuenta?. La doctora ajena a mi situación preparaba la aguja y mi amigo luchaba por la supervivencia de su especie haciendo malabares para desenredarse, como si fuera un mago intentando escapar de sus ataduras mientras da vueltas en el lavarropas. Yo no lo podía permitir. Intenté alcanzarlo para socorrerlo pero hasta el movimiento más sutil seria incriminatorio, no es para exagerar pero un hombre mayor le estaría viendo la cara a dios en mi lugar y la doctora estaba muy cerca.
Todo pasó en un segundo. Sin pensarlo me levanté de la cama aunque la doctora no entendía para qué. Agarré mi campera del perchero y usándola de escudo invente excusas poco creíbles empezando por …me acorde…mi abuela…que tenía que ir…y me fui. Sí, para que les voy a mentir, salí corriendo. La doctora tenía cara de no entender la situación y me lo confirmó cuando dijo algo así como si quería no me ponía anestesia.
Mientras salía del edificio y trataba de entender lo que había hecho me entró la duda y me repetía una y otra vez la misma pregunta. ¿Se habrá dado cuenta? Soy un boludo ¿Se habrá dado cuenta? No puedo volver más ¿Se habrá dado cuenta? Que se vaya a cagar.
La respuesta a todas mis preguntas se sucedieron tiempo después entre cervezas y mesa de amigos. Imagínense que ésta nunca la conté, necesitaba unas copas de más para asumir lo que había hecho. Y así como así, sin darle más relevancia que la merecida un amigo me dijo: “Escuchá, yo no te voy a decir nada nuevo con ésto, sos un boludo pero volvé cuando quieras, las veteranas la tienen muy clara”.

_ sabés una cosa –dijo ella mientras entrábamos al bar-, me encantaría tener música sonando todo el tiempo alrededor mío. Una suerte de música funcional para cada momento, y sonrió.
A pesar del ruido que generaba la gente del lugar, se podían oír las trompetas de un jazz moderno algo electrónico. Esta era la primera vez que salíamos y cada palabra que ella decía, mi cerebro se encargaba de guardarla para una futura conversación.
_ ves, como ahora –señalo-, levantando la cabeza y sin pestañear, y en otra situación tendría otra cosa, no sé, música para levantarme de la cama y música para dormir. Algo para mis picos de alegría y algo más tranquilo para descansar, así, durante todos los días por el resto de mi vida.
De repente se quedó en silencio. Seguramente se estaba preguntando si hacía bien en contarme todo esto y se recostó en la silla como esperando alguna reacción de mi parte.
_ sí, está bien –dije restándole importancia al asunto-. Pero creo que te estas olvidando de algo.
Abriendo los ojos, sorprendida de lo que estaba escuchando se acomodó en su silla apoyando los codos sobre la mesa.
_ ¿A ver, qué es eso de lo que me estoy olvidando? –dijo con tono irónico- al mismo tiempo que buscaba fuego para encender su cigarrillo.
_ te estás olvidando de los silencios –murmuré-.
Tuve la sensación de haberla sorprendido con lo que dije, no por el hecho de que se le haya caído el encendedor al piso, sino que se quedó inmóvil, pensando, mirándome a los ojos.

(silencio)

_ ¿cómo ahora? –dijo rompiendo el hielo con una sonrisa-.
_ por ejemplo –asentí retomando la conversación-, haciéndonos cómplices de algo ajeno a las demás mesas.
_ pero sabés otra cosa –contestó-, arrastrando las palabras disfrutando de antemano lo que estaba por decir.
_ el silencio también es música.
Y ese –pensé-, era el mejor momento para un beso. Aunque claro, no tuvimos en cuenta a la camarera; que nos interrumpió sin darse cuenta lo que hacia, para ofrecernos la carta y darnos la bienvenida.

En el año 1863 el Dr. Sergev y su asistente, luego de algunos éxitos y fracasos doblan sus actividades científicas en el observatorio de Moscú.

La observación de conflictos astronómicos era su vida. Eso le hace creer en ideales sin recompensa, en ilusorias teorías a las que se aferraban con voluntad dura e inflexible.

Años después, escribiría Anton Kostilev en el diario el diario ruso de izquierda “Sovietskaia” que “la confianza en movimientos sistemáticos basados en cálculos estrictos hacen que 12 segundos de velocidad respecto a la tierra sean suficiente reconocimiento”.

date prisa, el cometa aumentará su velocidad de ambos lados y si no marcamos máxima altitud debemos resignarnos a perder su ciclo.

El Dr. Sergev murió de causas no comprobadas. Su asistente Vladimir Haley no pudo soportar pasar inadvertido en la historia.

Evidentemente es una palabra que ha pasado desapercibida por la mayoría de las personas. Pero es una de las palabras más útiles en una conversación, especialmente si te encontrás con alguien del sexo opuesto y hay un momento de tensión.
Evidentemente es una palabra lo suficientemente larga como para tener tiempo a pensar lo que vas a decir al terminar de decir esa palabra. Presupone en la otra persona una total atención hacia vos, pocas veces lograda de una manera tan rápida y sencilla. Porque cuando decís evidentemente, la otra persona inconscientemente o no, se pregunta: ¿qué mierda es tan evidente que yo no estoy viendo?. Porque si no fuera algo tan evidente alcanzaría con arrancar diciendo: …”es evidente”… y no, un largo y pausado “evidentemente”.
Ahora bien, cuando uses ésta palabra y tengas tiempo para pensar que decir, y además tengas toda la atención de la otra persona si no decís algo interesante, evidentemente sos un boludo.

Y excusas también sobran.

Hay miles y muchas muy convincentes. Pero al final te la pasás diciendo “tengo ganas de hacer esto”, “cuando pueda voy a escribir eso” y “se me ocurrió una idea para” y no pasa nada. Este espacio es para acordarme de todo eso que estoy dejando pasar y motivarme para que no pase.

 

Noviembre 2009
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